El arte de amar

 

«Mientras podéis y vivís todavía años primaverales, divertíos: los años se van como el agua que corre.»

Asíanima Ovidio a mujeres y hombres jóvenes que deseen encontrar un amor fácil. El arte de amar pertenece a la primera etapa creadora de Publio Ovidio Nasón (43 a.C. –17 d. C.), uno de los poetas latinos más leídos y estudiados, y fuente inigualable de inspiración de artistas posteriores. Este clásico permite observar una de las esferas más íntimas de la sociedad romana: los preceptos que se consideraban infalibles en el arte del cortejo. Para Ovidio el amor es un juego peligroso que posee sus propias reglas y condiciones, y éstas han de ser dominadas para que tanto hombres como mujeres logren el objetivo deseado.

Una mirada actual advertirálas evidentes diferencias morales y culturales de la sociedad romana, al tiempo que se sorprenderáde los ingeniosos comentarios acerca de los aspectos más mundanos del amor: desde el maquillaje y la moda, hasta los celos y los afrodisíacos.

Ovidio y el Arte de Amar

Ovidio

Publio Ovidio Nasón (43 a.C. – 17 d.C.), poeta romano, procedía de una familia acomodada, por lo que pudo estudiar retórica para dedicarse al Derecho junto con su hermano. A la prematura muerte de éste, decidió consagrarse al estudio de su verdadera vocación: la poesía. Sus maestros fueron Arelio Fusco y Porcio Latrón. Tras sus viajes por Atenas, Asia y Sicilia, regresó a Roma donde se relacionó con el emperador Augusto y desempeñó diferentes cargos públicos. La mayor parte de su obra se centra en el Ars Amatoria, el arte del amor y del cortejo, por lo que se le considera una de las mayores influencias en el amor cortés. Tras un enfrentamiento con el emperador en el año 8 a.C., fue desterrado a Tomis, donde murió solo.

Río de Janeiro, sudacas de mierda

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Tráfico de datos

  Tráfico de datos, el negocio de las compañías más poderosas de Internet

Los tiempos cambian, y con ello también lo hacen los diferentes modelos de negocio. Actualmente vivimos en una época en la que prácticamente durante todo el día estamos constantemente entrando y saliendo de diferentes páginas de Internet: haciendo compras online, consumiendo vídeos y películas en streaming, jugando a videojuegos, realizando todo tipo de cursos de forma completamente online…
En los últimos años ha salido a debate el tema de la privacidad de los usuarios que navegan por la red, pues se ha descubierto que las grandes empresas trafican con nuestros datos privados y se los ceden a otras empresas para su propio beneficio. Del mismo modo, podemos ser testigos a diario de cómo estas plataformas parecen saber más de nosotros de lo que nunca pudimos haber llegado a imaginar.
¿Alguna vez has estado navegando en Internet y casualmente te asalta un anuncio en el cual te ofrecen justo lo que llevabas tiempo pensando en comprar? ¿Cómo es capaz Internet de adivinar nuestros pensamientos? Pues la verdad es mucho más sencilla de lo que parece, pues todo esto es gracias a las famosas Cookies.

¿Qué son y cómo funcionan las Cookies?

Las Cookies son esas ‘migas de pan’ que va dejando un usuario cada vez que navega por una página web. Al entrar en cualquiera de estos sitios nuestro navegador registra las acciones que vamos llevando a cabo durante nuestra estancia en estas webs, y muchas de ellas utilizan estos registros para mostrarnos cierto tipo de publicidad que va más a acorde con nuestra forma de ser.
Pongamos un ejemplo: llevo tiempo navegando en Internet en busca de un buen curso online sobre diseño de personajes para películas de animación. A lo largo del proceso de búsqueda he indagado en diferentes páginas webs no sólo con el fin de encontrar el curso formativo que busco, sino para ir descubriendo por mi propia cuenta cómo funciona este mundillo. Toda esta actividad se registra en mi navegador de tal forma que, al visitar diferentes plataformas es bastante probable que me aparezcan infinidad de anuncios en los que múltiples empresas me ofrezcan cursos de diseño de personajes, libros relacionados con este tema ¡e incluso películas!
Pero vamos más allá: hace unos años salió a la luz la noticia de un hombre que le era infiel a su mujer y a través de conversaciones con la amante habían previsto pasar la noche juntos. De forma casi automática el hombre empezó a ver constantemente ofertas de hoteles románticos para dos personas. Entonces ¿espían nuestro comportamiento? ¿dónde está el límite? En este tema hay un auténtico gigante que es, actualmente, el rey indiscutible de nuestros datos privados, y probablemente sea una web que visites bastante a menudo, se llama Facebook, ¿te suena de algo?

La polémica de Facebook

Relacion Entre Empresas

En los últimos años cada vez son más los inconvenientes a los que ha tenido que enfrentarse Mark Zuckerberg (creador de Facebook) debido al tráfico de datos privados que se ha llevado a cabo en su famosa plataforma. Y la verdad es que no es para menos, pues además del ya conocido caso de Cambridge Analytica en el que, usaron los datos privados de los usuarios de la famosa red social con fines comerciales vulnerando así los términos de uso, la plataforma se ha visto involucrada en diferentes polémicas por atentar a la privacidad y hacer un mal uso de los datos personales de sus millones y millones de usuarios.

¿Qué sabe Google de nosotros?

La base de datos que posee la empresa Google es tan grande que podría considerarse francamente inabarcable. Basándose en tu historial (no sólo en tus búsquedas en Google sino también en otras plataformas como, por ejemplo, Youtube, la compañía va almacenando información de todo tipo hasta tal punto que, si nos paramos a pensarlo, esta situación puede dar auténtico miedo.
Como hemos dicho anteriormente esta información que Google almacena funciona para ofrecerte toda clase de anuncios personalizados cada vez que navegamos por la red.
En 2018 el diario ‘The Guardian’ escribió un artículo en el que explicaba a sus lectores cómo descubrir cuánto saben sobre nosotros Google y Facebook, y el resultado es cuanto menos inquietante.

¿Facebook nos escucha? Regresa la polémica que FB niega una y otra vez

Mensaje al futuro

Pepe Mujica

un gran filosofo, es impresionante esa filosofía, mi punto de vista a cambiado gracias a PEPE.,,, sin tan solo los lideres mundiales tuvieran la filosofía de el, otro mundo heredarían nuestros hijos, DIOS TE GUARDE PEPE…. eres un ejemplo de vida.

El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.

Victor Hugo

Retrato de Jennie (1948)

   Título original Portrait of Jennie Año 1948 Duración 86 min. País Estados Unidos Director William Dieterle Guion Paul Osborn, Peter Berneis (Novela: Robert Nathan) Música Dimitri Tiomkin Fotografía Joseph H. August (B&W) Reparto Jennifer Jones, Joseph Cotten, Ethel Barrymore, Lillian Gish, Cecil Kellaway, David Wayne, Albert Sharpe, Henry Hull, Florence Bates, Felix Bressart, Clem Bevans, Maude Simmons, Nancy Olson Productora Selznick International Pictures. Productor: David O. Selznick Género Drama. Romance. Fantástico | Drama romántico. Pintura

Jennifer Jones by Paul Hesse.png

Sinopsis Un pintor arruinado y abatido por haber perdido la inspiración conoce, un frío día de invierno, a una chiquilla en Central Park vestida de un modo anticuado. A partir de ese momento se suceden otros encuentros, con la particularidad de que en breves intervalos de tiempo la chica se va convirtiendo en una bellísima joven, de la cual el pintor se enamora. Pero Jennie esconde un secreto…

 Jennifer Jones (1919–2009)

 One of the world’s most underrated Academy Award-winning actresses, Jennifer Jones was born Phylis Lee Isley on 2 March 1919 in Tulsa, Oklahoma, to Flora Mae (Suber) and Phillip Ross Isley, who ran a travelling stage show. As a young aspiring actress, she met and fell for young, handsome, aspiring actor Robert Walker. They soon married, and moved

Nicolás Copérnico


El 24 de mayo, su mano enervada recibía, por fin, el primer ejemplar impreso del libro. Puede que sus ojos opacos lo vieran, pero la memoria y la mente estaban ya ausentes. Murió ese mismo día, sin saber que por fin había movido la tierra. Mil setecientos años atrás, Arquímedes se había ofrecido a mover la Tierra si le daban un punto de apoyo. Copérnico había cumplido ahora tan orgullosa promesa: había encontrado la Tierra en el centro del universo y, con el poder de la mente, la había lanzado lejos, muy lejos, a la infinitud del espacio, en donde ha estado desde entonces. Me basaré en un libro suyo que habré leído 300 veces titulado “Momentos Estelares de la Ciencia”.

(Torun, actual Polonia, 1473 – Frauenburg, id., 1543) Astrónomo polaco. La importancia de Copérnico no se reduce a su condición de primer formulador de una teoría heliocéntrica coherente: Copérnico fue, ante todo, el iniciador de la revolución científica que acompañó al Renacimiento europeo y que, pasando por Galileo, llevaría un siglo después, por obra de Newton, a la sistematización de la física y a un profundo cambio en las convicciones filosóficas y religiosas. Con toda justicia, pues, se ha llamado revolución copernicana a esta ruptura, de tanta trascendencia que alcanzó más allá del ámbito de la astronomía y la ciencia para marcar un hito en la historia de las ideas y de la cultura.

Biografía

Nacido en el seno de una rica familia de comerciantes, Nicolás Copérnico quedó huérfano a los diez años y se hizo cargo de él su tío materno, canónigo de la catedral de Frauenburg y luego obispo de Warmia. En 1491 Copérnico ingresó en la Universidad de Cracovia, siguiendo las indicaciones de su tío y tutor. En 1496 pasó a Italia para completar su formación en Bolonia, donde cursó derecho canónico y recibió la influencia del humanismo italiano; el estudio de los clásicos, revivido por este movimiento cultural, resultó más tarde decisivo en la elaboración de la obra astronómica de Copérnico.

No hay constancia, sin embargo, de que por entonces se sintiera especialmente interesado por la astronomía; de hecho, tras estudiar medicina en Padua, Nicolás Copérnico se doctoró en derecho canónico por la Universidad de Ferrara en 1503. Ese mismo año regresó a su país, donde se le había concedido entre tanto una canonjía por influencia de su tío, y se incorporó a la corte episcopal de éste en el castillo de Lidzbark, en calidad de su consejero de confianza.

Fallecido el obispo en 1512, Copérnico fijó su residencia en Frauenburg y se dedicó a la administración de los bienes del cabildo durante el resto de sus días; mantuvo siempre el empleo eclesiástico de canónigo, pero sin recibir las órdenes sagradas. Se interesó por la teoría económica, ocupándose en particular de la reforma monetaria, tema sobre el que publicó un tratado en 1528. Practicó asimismo la medicina y cultivó sus intereses humanistas.

Hacia 1507, Copérnico elaboró su primera exposición de un sistema astronómico heliocéntrico en el cual la Tierra orbitaba en torno al Sol, en oposición con el tradicional sistema tolemaico, en el que los movimientos de todos los cuerpos celestes tenían como centro nuestro planeta. Una serie limitada de copias manuscritas del esquema circuló entre los estudiosos de la astronomía, y a raíz de ello Copérnico empezó a ser considerado como un astrónomo notable; con todo, sus investigaciones se basaron principalmente en el estudio de los textos y de los datos establecidos por sus predecesores, ya que apenas superan el medio centenar las observaciones de que se tiene constancia que realizó a lo largo de su vida.

Nicolai Copernici Torinensis De revolutionibus orbium coelestium.jpg

En 1513 Copérnico fue invitado a participar en la reforma del calendario juliano, y en 1533 sus enseñanzas fueron expuestas al papa Clemente VII por su secretario; en 1536, el cardenal Schönberg escribió a Copérnico desde Roma urgiéndole a que hiciera públicos sus descubrimientos. Por entonces Copérnico había ya completado la redacción de su gran obra, Sobre las revoluciones de los orbes celestes, un tratado astronómico que defendía la hipótesis heliocéntrica.

El texto se articulaba de acuerdo con el modelo formal del Almagesto de Tolomeo, del que conservó la idea tradicional de un universo finito y esférico, así como el principio de que los movimientos circulares eran los únicos adecuados a la naturaleza de los cuerpos celestes; pero contenía una serie de tesis que entraban en contradicción con la antigua concepción del universo, cuyo centro, para Copérnico, dejaba de ser coincidente con el de la Tierra, así como tampoco existía, en su sistema, un único centro común a todos los movimientos celestes.

Consciente de la novedad de sus ideas y temeroso de las críticas que podían suscitar al hacerse públicas, Copérnico no llegó a dar la obra a la imprenta. Su publicación se produjo gracias a la intervención de un astrónomo protestante, Georg Joachim von Lauchen, conocido como Rheticus, quien visitó a Copérnico de 1539 a 1541 y lo convenció de la necesidad de imprimir el tratado, de lo cual se ocupó él mismo. La obra apareció pocas semanas antes del fallecimiento de su autor; iba precedida de un prefacio anónimo, obra del editor Andreas Osiander, en el que el sistema copernicano se presentaba como una hipótesis, a título de medida precautoria y en contra de lo que fue el convencimiento de Copérnico.

La teoría heliocéntrica

El modelo heliocéntrico de Nicolás Copérnico fue una aportación decisiva a la ciencia del Renacimiento. La concepción geocéntrica del universo, teorizada por Tolomeo, había imperado durante catorce siglos: el Almagesto de Tolomeo era un desarrollo detallado y sistemático de los métodos de la astronomía griega, que establecía un cosmos geocéntrico con la Luna, el Sol y los planetas fijos en esferas girando alrededor de la Tierra. Con Copérnico, el Sol se convertía en el centro inmóvil del universo, y la Tierra quedaba sometida a dos movimientos: el de rotación sobre sí misma y el de traslación alrededor del Sol. No obstante, el universo copernicano seguía siendo finito y limitado por la esfera de las estrellas fijas de la astronomía tradicional.


Ilustración del modelo heliocéntrico en Sobre las revoluciones de los orbes celestes (1543)

Si bien le cabe a Copérnico el mérito de iniciar la obra de destrucción de la astronomía tolemaica, en realidad su objetivo fue muy limitado y tendía sólo a una simplificación del sistema tradicional, que había llegado ya a un estado de insoportable complejidad. En la evolución del sistema tolemaico, el progreso de las observaciones había hecho necesarios unos ochenta círculos (epiciclos, excéntricos y ecuantes) para explicar el movimiento de siete planetas errantes, sin aportar, pese a ello, previsiones lo suficientemente exactas. Dada esta situación, Copérnico intuyó que la hipótesis heliocéntrica eliminaría muchas dificultades y haría más económico el sistema; bastaba con sustituir la Tierra por el Sol como centro del universo, manteniendo intacto el resto del esquema.

No todo era original en la obra de Copérnico. En la Antigüedad, seguidores de la escuela de Pitágoras como Aristarco de Samos habían realizado sobre bases metafísicas una primera formulación heliocéntrica. A lo largo del siglo XIV, Nicolás de Oresme (1325-1382), Jean Buridan (muerto en 1366) o Alberto de Sajonia (1316-1390) plantearon la posibilidad de que la Tierra se moviera. En cualquier caso, Copérnico elaboró por primera vez un sistema heliocéntrico de forma coherente, aunque su teoría fue menos el resultado de la observación de datos empíricos que la formulación de nuevas hipótesis a partir de una cosmovisión previa que tenía un fundamento metafísico.

Este componente metafísico se manifiesta en al menos tres aspectos. En primer lugar, Copérnico conectó con la tradición neoplatónica de raíz pitagórica, tan querida por la escuela de Marsilio Ficino, al otorgar al Sol una posición inmóvil en el centro del cosmos. Éste era el lugar que realmente le correspondía por su naturaleza e importancia como fuente suprema de luz y vida.

En segundo lugar, el movimiento copernicano de planetas se asentaba sobre un imperativo geométrico. Copérnico seguía pensando que los planetas, al moverse alrededor del Sol, describían órbitas circulares uniformes. Este movimiento circular resultaba naturalmente de la esfericidad de los planetas, pues la forma geométrica más simple y perfecta era en sí misma causa suficiente para engendrarlo.

Por último, el paradigma metafísico copernicano se basaba en la íntima convicción de que la verdad ontológica de su sistema expresaba a la perfección la verdadera armonía del universo. Es notable que Copérnico justificase su revolucionario heliocentrismo con la necesidad de salvaguardar la perfección divina (y la belleza) del movimiento de los astros. Por ningún otro camino, afirmó, “he podido encontrar una simetría tan admirable, una unión armoniosa entre los cuerpos celestes”. En el centro del cosmos, en el exacto punto medio de las esferas cristalinas (cuya existencia jamás puso en duda Copérnico), debe encontrarse necesariamente el Sol, porque él es la lucerna mundi, la fuente de luz que gobierna e ilumina a toda la gran familia de los astros. Y así como una lámpara debe colocarse en el centro de una habitación, “en este espléndido templo, el universo, no se podría haber colocado esa lámpara [el Sol] en un punto mejor ni mas indicado”.

La revolución copernicana

Después de Copérnico, el danés Tycho Brahe (1546-1601) propuso una tercera vía que combinaba los sistemas de Tolomeo y Copérnico: hizo girar los planetas alrededor del Sol y éste alrededor de la Tierra, con lo que ésta seguía ocupando el centro del universo. Aunque Brahe no adoptó una cosmología heliocéntrica, legó sus datos observacionales a Johannes Kepler (1571-1630), un astrónomo alemán entregado por entero a la creencia de que el sistema cosmológico copernicano revelaba la simplicidad y armonía del universo.

Kepler, que expuso sus teorías en su libro La nueva astronomía (1609), concebía la estructura y las relaciones de las órbitas planetarias en términos de relaciones matemáticas y armonías musicales. Asimismo, calculó que el movimiento planetario no era circular sino elíptico, y que su velocidad variaba en relación con su proximidad al Sol.

Paralelamente, las observaciones telescópicas de Galileo (1564-1642) conducían al descubrimiento de las fases de Venus, que confirmaban que este planeta giraba alrededor del sol; la defensa del sistema copernicano llevaría a Galileo ante el Santo Oficio. Y antes de terminar el siglo, Isaac Newton (1642-1727) publicaba los Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), con sus tres «axiomas o leyes del movimiento» (las Leyes de Newton) y la ley de la gravitación universal: el heliocentrismo copernicano había llevado a la fundación de la física clásica, que daba cumplida explicación de los fenómenos terrestres y celestes.

Pero la importancia de la aportación de Copérnico no se agota en una contribución más o menos acertada a la ciencia astronómica. La estructura del cosmos propuesta por Copérnico, al homologar la Tierra con el resto de los planetas en movimiento alrededor del Sol, chocaba frontalmente con los postulados escolásticos y filosóficos de la época, que defendían la tradicional oposición entre un mundo celeste inmutable y un mundo sublunar sujeto al cambio y al movimiento. De este modo, las tesis de Copérnico fueron el primer paso en la secularización progresiva de las concepciones renacentistas, que empezaron a buscar una interpretación natural y racional de las relaciones entre el universo, la Tierra y el hombre. Se abría la primera brecha entre ciencia y magia, astronomía y astrología, matemática y mística de los números.

Las profundas implicaciones del nuevo sistema alcanzaban así a la metodología científica en su conjunto, y también a la mentalidad y a las convicciones religiosas y filosóficas de toda una época. Tal y como lo resume el moderno historiador de la ciencia Thomas Kuhn (La revolución copernicana, 1957), al final de este proceso, los hombres, “convencidos de que su residencia terrestre no era más que un planeta girando ciegamente alrededor de una entre miles de millones de estrellas, valoraban su posición en el esquema cósmico de manera muy diferente a la de sus predecesores, quienes en cambio consideraban a la Tierra como el único centro focal de la creación divina”. De ahí que, cinco siglos después, la lengua siga reteniendo la expresión giro copernicano para designar un cambio de magnitudes drásticas en una situación o modo de pensar.

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